febrero 08, 2005

Million Dollar Baby

050126_dollar6 Salgo del cine con esa sensación de plenitud que se siente después de ver una gran película. Desde hace tiempo, su director, Clint Eastwood, casi de puntillas, tal vez sin el clamor mediático de otros directores americanos, nos presenta una tras otra, obras bien construidas, de una arquitectura y un ritmo narrativo perfectos, magníficamente dirigidas e interpretadas, en las que se nos cuentan historias que nos interesan y emocionan de principio a fin. A mí eso me ocurrió desde que vi "Bird" (1988), una especie de biografía sobre el gran pianista de jazz, Charlie Parker.

Pero después han sido muchas otras. La última vez, "Mystic River"(2003), con un fabuloso Sean Penn de protagonista junto a un no menos fabuloso Tim Robbins. Dios los cría...

La filmografía de Eastwood como director parece como una especie de desmentido de la filmografía de Eastwood como actor. Hay algo que no encaja. Es, la de ahora, como una suerte de rectificación, de radical cambio de rumbo desde la banalidad hacia la reflexión e incluso como en este caso, hacia el debate social sobre aspectos muy complejos, como el derecho a la propia muerte, especialmente difíciles en el seno de la sociedad norteamericana, tan puritana ella y tan hermética.

Estoy hablando de "Million Dollars Baby", la increíble biografía de una boxeadora (interpretada maravillosamente por una portentosa Hilary Swank) y su manager (Clint Eastwood), y el cruel desenlace de una fugaz pero meteórica carrera deportiva, en un mundo casi exclusivamente masculino.

No es una película más de boxeo. Es la película del lado posterior del boxeo, incluso del lado redentor y positivo de ese controvertido deporte, como ámbito de todas las miserias, pero como lugar también en donde las personas se superan a sí mismas adquiriendo una técnica precisa, que le exige un afán de superación diario auténticamente extraordinario.

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Las comparaciones se hacen evidentes con nuestra "Mar adentro". La joven desoye por un instante el repetido consejo de su manager de protegerse en todo momento, y un puñetazo traicionero le produce una lesión irreversible que la condena en el mejor de los casos a una silla de ruedas. El derecho a la muerte digna, la lúcida exigencia de no seguir viviendo en determinadas circunstancias, la cerrazón absoluta del estado y de la iglesia ante ese deseo, son elementos comunes entre ambas.

El personaje interpretado por Eastwood, que a lo largo de la película ha exhibido unas dudas morales permanentes, da el paso hacia delante y ayuda a morir a su pupila en lo que entre ellos es, sin duda, un último acto de amor.

Sólo he leído la hermosa crítica de Quim Casas en El Periódico de Cataluña. Me parece cabal y exacta. Destaco para vosotros este fragmento con el que estoy milimétricamente de acuerdo:

"Eastwood es la coherencia personificada, y Million dollar baby es otro jalón, quizá de los más contundentes y a la vez emotivos, en una carrera que ha debido forjarse a contracorriente de los prejuicios tanto de la crítica como del público. Eastwood no rueda como rueda y cuenta lo que cuenta por inspiración divina. No lo hacía igual de bien en sus inicios, pero ese clasicismo del que hoy aparece imbuido es el fruto de la constancia y de una visión del mundo honrada. No ha cambiado por que sí. Ha evolucionado como creador y se ha ganado a pulso el respaldo del que hoy goza desde la plenitud de quien ha alcanzado la pureza de su arte."

febrero 07, 2005

Las voces de mi vida (2). George Harrison.

Gh_brn1_lrg Las voces de los Beatles siempre fueron las de John Lennon y Paul McCartney. También en esto George Harrison fue el beatle tapado. Tapado por el talento, la ambición, el marketing. Tapado también por él mismo, y tal vez por la fidelidad a sus propios valores personales.

Pero a mí su voz me encanta, me emociona, me hace soñar. Es una voz ahogada, quizás sin demasiados recursos. Es una voz que se pasó muchos años haciendo coros inaudibles en conciertos inaudibles. Una voz que se fue acomodando a ese segundo plano que las circunstancias propiciaron. Es una segunda voz.

Pero una voz que refulge en sus propias canciones. Especialmente en las intimistas, en las de hondo contenido espiritual, como "My sweat Lord", "While my guitar gently weeps", y tantas otras. En ese momento, lo que le falta de potencia le sobra de capacidad lírica para hablar de amor, o de dramatismo conmovedor para contar experiencias interiores.

He escuchado recientemente a George en esa especie de largo y ameno monólogo que, a modo de autoanálisis, hace de su propia obra en ese DVD que acompaña a sus discos remasterizados y agrupados en una voluminosa caja verde. El gran George relativiza ahí todo: su propia valía como artista, el fabuloso éxito de los Beatles, e incluso su propia manera de tocar la guitarra, algo que, por otra parte, todo el mundo admira. Se distancia de todo eso con ironía y un gran sentido del humor y de la modestia. También parece distanciarse de su propia voz, más potente comparativamente para hablar que para cantar. Más firme para evidenciar su desacuerdo moral e intelectual que para expresar emociones a través de su propia música.

La voz de George Harrison es una metáfora de sí mismo. De un hombre y un músico irrepetible en un contexto en el que el indiscutible brillo de los otros le condenó a una extraña oscuridad en la que, sin embargo, siempre se sintió razonablemente feliz.

febrero 06, 2005

Tengan la bondad, señores racistas

Kameni El presentador de la sección deportiva del telediario de la primera, Sergio Sauca, advierte un poco como de pasada que los espectadores del Bernabeu tengan mucho cuidado de no expresar comentarios racistas, abucheos por ejemplo, contra el portero negro del Español, el camerunés Idriss Carlos Kameni. La razón es que al partido van a asistir los representantes del Comité Olímpico Internacional que deberán decidir sobre la idoneidad de Madrid como sede de los Juegos Olímpicos de 2012.

Su advertencia podría interpretarse como: "portaos bien este sábado, que Madrid se juega mucho. Luego, cuando se hayan ido, ya podéis seguir haciendo lo que os dé la gana..."

Ya imagino que Sauca no debe pensar una cosa así ni ha querido decir eso, pero de este modo me han sonado sus palabras, dichas entre noticia y noticia, a toda prisa, porque la rapidez en la televisión actual es una de las vacunas contra la pérdida de audiencia. En cualquier momento de debilidad, de "pérdida de pulso informativo", el espectador coge el mando y se va a otra cadena, a seguir enterándose sobre las causas de la muerte de Carmen Ordóñez, o la salud sexual del Dr. Iglesias.

Y claro: a ese ritmo, impuesto por las circunstancias del medio, no se puede uno detener para profundizar en teorías de esta guisa: "El racismo es una lacra social, se manifieste como se manifieste. No es algo referente a un partido de fútbol concreto, vigilado por los miembros del COI, sino a una posición ética ante la vida, las propias relaciones humanas, la consideración del ser humano, con independencia de su sexo, color, ideología y bla, bla, bla... "

Seguro que le hubieran cortado de algún modo. Pero cosas como ésta, este tipo de pequeños detalles sin importancia, a mí me demuestran que algo huele a podrido en el papel y la actitud de los medios de comunicación, especialmente los públicos, a la hora de conseguir clientes al precio que sea.

febrero 05, 2005

De sorpresa en sorpresa

Ordenadores Ya advertí el primer día que soy un auténtico analfabeto informático. No es ninguna metáfora: sé poner correos electrónicos, recibirlos, adjuntar textos, fotos, buscar cosas en Google, y poco más. Hace unos días reflexionaba sobre los diferentes analfabetismos que en el mundo existen, y el mío sería el de quienes no recibimos a tiempo clases y conocimientos de informática, y el resto de la vida arrastramos inevitablemente esta carencia, por mucho que utilicemos diariamente el ordenador en nuestro trabajo. En cuanto me pasa cualquier cosa rara –se me cuelga el PC o desastres similares-, llamo histérico a mi secretaria, o despierto a media noche a mis amigos, con lo cual he ido perdiéndolos a lo largo de estos años a una media galopante.

Ese mismo analfabetismo produce en mí, como contrapartida, una auténtica fascinación por lo desconocido. Soy de los que se pasaron estúpidamente muchos años diciendo aquello de “yo no tendré nunca ordenador…”, y desde que me compré el primero hace más de diez años no he dejado probablemente de abrirlo ni un solo día. Me encanta. Me parece un cacharro fascinante, útil y ya absolutamente imprescindible. A veces, cuando voy por el pasillo y él yace apagado, me lo quedo mirando con cara de enamorado…

Bueno, pues en ese contexto informático-sentimental me entero recientemente de la existencia de los blogs, me informo un poco más y me hago uno: éste. Y la sorpresa, gratificante sorpresa diaria, es constatar que hay personas que entran en mi página (como tú ahora mismo), que leen lo que escribo y que, de vez en cuando, hasta me comentan cosas. Me parece increíble, divertido, interesante. No puedo por menos que estar agradecido a quienes pierden un minuto leyendo mis cosas, que, a juzgar por esas estadísticas a las que tenemos acceso, son (sois) bastantes más de los que me podía imaginar en mis más optimistas expectativas.

La otra sorpresa es haber constatado la cantidad de gente con talento que escribe en otros blogs. El magnífico estilo literario de algunos/as, lo acertado de sus comentarios, la inteligencia de sus reflexiones, con independencia de posiciones ideológicas y creencias particulares.

Un talento al que jamás hubiera tenido acceso y cuya existencia me alegra reconocer.

febrero 04, 2005

Las voces de mi vida (1).

La voz de Chet.

Baker_60 En otro lugar de este blog escribo unas líneas sobre la azarosa biografía de Chet Baker, escrita por James Gavin. Un libro denso, de más de quinientas páginas, en donde se presenta a Chet como un hombre dedicado especialmente a satisfacer su adicción a las drogas, y que consideraba todo lo demás, incluida la música y hasta a su propia familia y amistades, como anécdotas casi irrelevantes.

El libro es interesante y una de las cosas de las que se habla en él es de las reacciones que la peculiar voz de Chet causaba entre quienes la escuchaban. Por ejemplo, muchos de sus compañeros le recriminaban frecuentemente que cantara porque su voz aniñada (o directamente afeminada) no era la que se suponía que debía tener para interpretar correctamente temas de jazz. Sin embargo, a su público fiel, especialmente al sector femenino del mismo, ese detalle parecía importarle bien poco. El, afortunadamente, ajeno a las críticas de los primeros, no hacía el menor caso y seguía cantando cuando y cómo le apetecía. De hecho, en uno de los temas por los que ha pasado a la historia del jazz y de la música popular, "My Funny Valentine", además de tocar maravillosamente la trompeta, desliza su voz de manera melosa y sugerente.

Probablemente hoy, cuando oímos sus discos, además de reconocer sus indiscutibles cualidades de instrumentista, nos gusta escuchar esa voz aterciopelada, sedosa, especialmente apropiada para interpretar canciones de amor. Pero entonces, las voces del jazz debían ser más potentes, más masculinas (como la de Louis Armostrong), o más femeninas (como la de Sarah Vaugham), pongamos por caso.

Confieso que una vez utilicé "I Fall In Love Too Easily", una de sus mejores canciones, en un espectáculo teatral. Y, aunque el corte estaba incluido en uno de sus discos, siempre pensé equivocadamente que lo interpretaba una vocalista contratada al efecto, que me encargué de imaginar rubia, bella y sensual.

febrero 03, 2005

Debate en el Congreso de los Diputados

No presencié todo el debate porque otras obligaciones me lo impidieron, pero lo hubiera hecho de buena gana. Con todo vi y oí en directo lo sustancial, esto es, las tres primeras intervenciones de Ibarretxe, Zapatero y Rajoy, y después los resúmenes informativos de las diferentes cadenas han terminado por perfilar lo que fueron esas siete horas largas en el Congreso de los Diputados.

En realidad, creo que no hubo alteraciones sustanciales sobre lo que se esperaba inicialmente. Los que votaron a favor de Ibarrtexe lo hicieron esgrimiendo los argumentos que ya han ido vertiendo en otros foros, y creo que no pusieron sobre la mesa ningún otro argumento novedoso de demasiada entidad.

Sin embargo, quienes sí me sorprendieron, y mucho, y para bien, fueron Zapatero y Rajoy. No tanto por lo que dijeron, sino por la complementariedad de lo que dijeron, y hasta por cómo lo dijeron. Parecía como que hubieran ensayado el día de antes en casa de Manuel Marín.

Zapatero se presentó como lo que es: un hombre dialogante y abierto, que efectivamente intenta tender una mano a quién no está de acuerdo con él. Rajoy, que estuvo brillante, en un tono moderado pero firme, le expuso a Ibarrtexe todos los defectos de forma y fondo que su Plan ha ido arrastrando, incorporando a su discurso la insoportable carga de sangre y muertos que ya se acumulan entre las filas de quienes no están de acuerdo con él.

Me pareció que con la voz complementaria de Zapatero/Rajoy el Estado se defendía adecuada y razonadamente de un virus secesionista, cuyo principal peligro es la terrible mortandad que hasta ahora ha causado. Uno ponía paños calientes, y otro aplicaba antibióticos de gran potencia. Es decir, estuvieron bien cada uno en su papel.

Y mientras les escuchaba atentamente no dejaba de sorprenderme de la paradoja que inevitablemente crece en mi interior: yo sueño sin ansiedad con una España republicana y federal, y, por tanto, los líderes de los principales partidos no representan lo que pienso, al menos en este terreno. Sin embargo, en el tema concreto del país vasco estoy más próximo a ellos que a Ibarrtexe, que, formalmente, tal vez sea más republicano y federal.

Pero eso de los muertos hace que mi balanza personal se incline indefectiblemente.

febrero 02, 2005

Obnubilaciones

Peleas_simpson0ar Esta mañana un ciudadano, dentro de su coche y debajo de mi balcón, se ha puesto a tocar el claxon como un auténtico energúmeno. Supongo que alguna poderosa razón tendría para hacer tal cosa, pero yo, que todavía estaba medio dormido, le he deseado que por lo menos se le pinchara una rueda. También me he acordado de su señora madre, que, sin duda, estaría durmiendo a esas horas, ajena por completo al arrebato polifónico de su propio hijo.

Más tarde, ya desayunando y con la cabeza más fría, he empezado a disculpar el comportamiento de ese anónimo sujeto y a arrepentirme del mío, pensando que el pobre hombre se habría encontrado alguna dificultad para sacar su coche, que tendría prisa por alguna razón personal, etc, y hasta me he apenado por desearle males matinales diversos.

Y es que, seguramente, tanto él, precipitado sobre el claxon, como yo, enroscado en la almohada, nos hemos obnubilado. Yo en el más absoluto silencio. El emitiendo un estridente y molestísimo discurso musical. Cada uno a su manera.

Y pienso: qué frágiles somos los seres humanos que por un quítame allá esas pajas estamos siempre al borde de mandar a la mierda al vecino. Y esa reflexión adquiere tintes terribles cuando se refiere al comportamiento no ya sólo de individuos aislados, sino al de unos pueblos contra otros, enrabietados por profesionales de la cosa. Por ejemplo, algunos políticos nacionalistas, especializados en buscar razones diferenciales.

Bueno, dejemos el asunto. Ojalá el señor del claxon haya llegado a tiempo a su cita, a su trabajo o a Logroño, si es que ese era su deseo y su objetivo para hoy.

febrero 01, 2005

Teatro en Berlín (y 3).

Visita al Berliner Ensemble.

El Permagamonmuseum nos ofrece sus tesoros a primera hora de la tarde. Salas inmensas, llenas de maravillas de la antigüedad. Nos impresionan de manera especial la Puerta del mercado de Mileto, y el impresionante Altar de Pérgamo, en torno al que se organiza todo el museo.

Si puedo, suelo preparar los viajes de trabajo con tiempo y antelación. Este viaje a Berlín fue excusa para ver espectáculos grabados en canales alemanes, dirigidos por grandes hombres y mujeres de ese país. Estando ya en la ciudad, el tiempo y las distancias hacen que deba moderar mis deseos de conocer teatros míticos como el Volksbüne, o el Deutsches Theater, con una programación interesante y rompedora.

Berliner_ensemble Pero, por fin, vamos a conocer el Berliner Ensemble.

Cuando terminamos nuestra visita al cementerio donde descansan Bertold Brecht y Helene Weigel bajamos andando en dirección a Bertold Brecht Platz comentando lo que habíamos presenciado. Veinte minutos más tarde estábamos ahí, delante del edificio construido en 1891 por Henrich Seeling, en donde Brecht asentaría su trabajo creando una compañía estable. Allí iba a poner en práctica sus teorías sobre la distanciación y la interpretación antiaristotélica como fundamentos de su “teatro de la era científica”.

Ese día la compañía pone en escena una versión de “Leonce y Lena”, de George Büchner, obra escrita en 1836, con dirección de...

3 Debo advertir que normalmente el director de escena de un espectáculo es el dato que recabo con mayor interés a la hora de decidirme a entrar en un teatro. En esta ocasión, obnubilado por el deseo de conocer el interior del edificio y el trabajo actual de la compañía, no me di cuenta de que el responsable de la puesta en escena era Bob Wilson, alguien que nunca me ha gustado demasiado.

Pero el espectáculo es extraordinario. La puesta en escena es de un vigor y una solidez indiscutibles, aunque lo más impresionante es la coherencia y la homogeneidad de la interpretación. Todos los actores juegan a lo mismo. También todos los demás elementos escénicos, incluida la música de Herbert Grönemeyer, interpretada en directo, son piezas sutiles de un puzzle perfecto. Tal vez hay que destacar el trabajo del actor que interpreta a Leoncio: Markus Meyer. Yo no había visto jamás algo igual: cuerpo, voz, presencia, economía, expresividad, sabiduría escénica.

Salimos con la sensación de haber recibido una verdadera lección. Las sospechas de que el Berliner se ha convertido en un museo con telarañas se han manifestado totalmente infundadas. Es un teatro vivo, renovado, contemporáneo. Este “Leoncio y Lena” va a formar parte de mis mejores recuerdos teatrales el resto de mi vida.

Salimos a la calle. Es mi última noche en Berlín y el clima es fresco y agradable. Hay abiertos multitud de bares, cafeterías y galerías de arte. Cenamos en un acogedor restaurante cercano. Las mesas están abarrotadas por personas que acaban de asistir a una representación teatral o participado en un acto cultural de los centenares que esta enorme ciudad ofrece hoy a sus cuatro millones de habitantes.

Una ciudad a la que quiero regresar pronto.

enero 31, 2005

Teatro en Berlín (2).

26 de Agosto de 2004. En la casa de Bertold Brecht.

2 En Berlín es fácil coger taxis. A veinte metros del Hotel Anglaterre hay una parada, justo al lado de una estación de metro. Elegimos ese medio de transporte porque tenemos cierto temor a perdernos en una ciudad subterránea que nos imaginamos inmensa y repleta de carteles en alemán.

Sin embargo, estamos bastante cerca de la casa en la que transcurrieron los últimos años de la vida de Bertold Brecht y de la que fue su compañera sentimental y profesional, la actriz Helene Weigell.

En su exterior nada indica que esa mítica pareja residió allí. No hay grandes carteles ni una publicidad específica. Sólo el número del portal, 125 de Chauseestrasse, es el dato que nos induce a penetrar. Ya dentro, efectivamente, fotografías de ambos y carteles del Berliner Ensemble, nos indican que no nos hemos equivocado.

Como ya sabíamos, la casa de los Brecht puede ser visitada cada media hora en grupos reducidos. Como es a primera hora de la mañana, los únicos visitantes somos Félix, Sara y yo, y una chica joven. Compramos el ticket y una señora de mediana edad, que sólo habla alemán y algunas palabras de inglés, nos introduce en la vivienda.

Qué fuerte emoción. Vemos la biblioteca de Brecht. La gran dependencia en la que él trabajaba. Suelo de madera, una mesa pequeña, ubicada cerca de una ventana, cuadros de motivos chinos, a los que él se refiere en sus poemas. Nuestra anfitriona desaparece, vista la inutilidad de sus explicaciones, y sólo nos indica que no se pueden hacer fotos. No le hacemos demasiado caso.

Me acerco a la biblioteca. Cojo un libro: “Fausto”, de Goethe. El ángel negro me acaricia el oído: “Y si te llevas un libro de la biblioteca de Brecht...”. Dudo unos instantes porque el ángel bueno tarda en aparecer. Aconsejado por éste, no cojo el libro, por respeto a su propietario y por la confianza otorgada a unos visitantes a los que se deja solos. Me imagino qué pasaría, pongamos por caso, en la casa-museo de Lorca si las medidas de seguridad y la confianza depositada fueran las mismas.

Bajamos al piso inferior. Son las dependencias de Helene Weigell que sobrevivió a su marido unos quince años. Esos tres lustros se notan. Aparecen allí los primeros electrodomésticos. Por ejemplo, un destartalado televisor. Un gran ventanal separa la vivienda de un pequeño huerto/jardín, que ella cuidó hasta su muerte en 1971.

Cuando salimos nos encontramos con el agradable frescor de la mañana berlinesa. Sara, Félix (que han venido al estreno de la obra de Víctor Mira) y yo estamos embobados. Participamos de uno de esos momentos en los que se mezcla un profundo respeto y la fascinación más inmensa.

Todavía nos queda tiempo para recorrer Dorotheenstätischer Friedhof, el pequeño cementerio que se extiende contiguo a la casa recién visitada. Ahí están sus tumbas, y muy cercana también, la de Heiner Müller, dramaturgo y uno de los últimos directores del Berliner Ensemble, la compañía que fundaran ellos en 1949. Nos hacemos abundantes fotos, esta vez sin temor a ser descubiertos.

El resto de la mañana prácticamente la dedicamos a pellizcarnos: hemos estado en completa libertad en casa de Bertold Brecht y Helene Weigell.

enero 30, 2005

Teatro en Berlín (1).

Torre_de_la_tv_2 1. 25 de Agosto de 2004. Viajo a Berlín por primera vez con motivo de la presentación de “Himmel der Fraüen” (“El cielo de las mujeres”), obra teatral del pintor Víctor Mira, muerto en Noviembre de 2003, representada en el Museo Deutsche Guggenheim. No estaré en el estreno, pero sí en el ensayo general. La puesta en escena es de Ulrike Kéller, la directora que ya había dirigido “Antihéroes”, otro texto de Víctor. Me hospedo en el Hotel Anglaterre, en Friedrichstrasse, muy cerca del famoso Check Point Charlie, lugar por donde se salía legalmente (quienes podían) de la República Democrática Alemana.  Allí están los famosos tenderetes en los que se pueden comprar todavía uniformes del ejército, chapas diversas, cascos militares, y trocitos del muro envueltos en papel de celofán.

La primera impresión de Berlín la recibo en el taxi que me lleva desde el aeropuerto Tegel, el más importante de los cuatro que funcionan regularmente. En realidad no se podría considerar como tal. Más bien son imágenes caóticas: Postdamer Platz, llena de grúas y de edificios recién construidos, con un cierto aire al barrio de La Defense, de París. El Reichstag, majestuoso, a escasos metros de la Puerta de Brandemburgo, y la torre de la televisión, visible desde casi todos los puntos del recorrido.

Primer paseo. Calle Unter den Linden al atardecer. Grande, destartalada, prácticamente vacía a partir de las ocho de la tarde. La bellísima Berliner Dom, y la isla de los Museos a donde me encamino después del ensayo. En ella la impresionante silueta del Pergamonmuseum, que intentaré visitar al día siguiente. Me retiraré pronto a digerir lo visto en esas primeras horas.

2. “El cielo de las mujeres”. Cuatro de la tarde. Ulrike, menuda, enérgica, amable, da las últimas instrucciones a actores y técnicos. Ester Romero, compañera de Víctor, observa todo con una inmensa y contenida emoción. El patio interior cubierto por un césped artificial de un verde intenso. En el centro, un enorme árbol. De una de sus ramas cuelga un columpio, imprescindible para desarrollar la acción escénica que el autor propone. Las ventanas del patio, cubiertas con lienzos en donde se ven nubes a modo de etérea escenografía. Cinco actrices y un actor en escena. Vestuario colorista. Interpretación expresionista, medida, calculada. El pase dura un poco más de media hora. A pesar de lo cual, es un gran espectáculo.

3. Agotador paseo matinal solitario por Berlín. Unter den Linden/ Puerta de Brandemburgo/Avda. 17 de Junio/ la Kaiser-Wilhelm, conocida por los berlineses como “muela picada”, con su torre intacta, a modo de recordatorio permanente, tras los bombardeos de la segunda guerra mundial. Taxi hasta el Hotel Anglaterre, con los pies destrozados. La ciudad es bulliciosa, inmensa, destartalada. Trenes aéreos y tranvías por todas partes. Tráfico intenso. Grandes superficies. Sorprendentes bosques agrestes en mitad del asfalto. Ya en el hotel veo perder a España frente a EEUU en baloncesto. Una pena. Mañana iré al mítico Berliner Ensemble!

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LIBROS

  • Fréderic Beigbeder: Windows on the World
    Comienza a escribirse sobre el 11 de Septiembre. En "Windows on the World" (Anagrama), prepotente nombre del restaurante situado en la última planta del no menos inmodesto y ya destruído World Trade Center de Nueva York, el escritor francés Fréderic Beigbeder trama y teje una relación entre esa altura y la de "Le Ciel de París", desde donde escribe, en la Torre de Montparnasse. En el libro se reflexiona sobre aspectos de nuetra vida, pero, sobre todo, es el conmovedor relato de las peripecias de un ejecutivo que ha ido a desayunar con sus pequeños hijos a ese lugar. La situación recuerda a la del personaje de "La vida es bella". Ante sus hijos, horrorizados por la situación, mantiene que se trata solo de una simulación y que todo eso pasará muy pronto. Es curiosa la estructuración de la novela. Cada capítulo es un minuto de los 105 que transcurrieron entre el impacto del avión y la caída de la Torre Norte. Más que una gran novela, es la prometedora entrega de un escritor no menos prometedor.
  • Bernardo Atxaga: El hijo del acordeonista

    Bernardo Atxaga: El hijo del acordeonista
    (Alfaguara) Un libro magnífico, en la línea narrativa de anteriores novelas de Atxaga. La guerra civil, tan real ella, y los paisajes de Obaba, tan líricos y estlizados, vistos desde California en un relato atrapador, hecho de retazos que terminan uniéndose en un puzzle perfecto. Este novelista ha conseguido lo más difícil: una escritura vigorosa, reconocible y propia.

  • Michel Houellebecq: Plataforma
    De este joven escritor francés ya conocía su "Ampliación del campo de batalla", que me había dejado indiferente. Cuando leí "Plataforma" (Anagrama), anduve varios días con los ojos como platos. Creo que es una novela interesante, pero, sobre todo, una reflexión impertinente, provocadora, que descoloca por su claridad y valentía, y que lleva implícita una toma de posición ideológica por parte del lector. Contiene el alegato más radical que he leído contra el Islam (por eso ha sido un escándalo en su país), y para quienes provenimos de las remotas regiones del marxismo supone una revisión de lo que queda de nuestro pasado mental. Lo he regalado muchas veces y casi nadie ha sabido qué decirme. Algunos/as creo que no me saludan.
  • Paul Auster: La noche del oráculo
    (Anagrama) El mejor Auster. Nuevamente. Ese que consigue que los dedos se te peguen al libro. Ese que hace que maldigas el tener que levantarte por la mañana y no puedas seguir leyendo. Ese que, sin pedantería, reflexiona escribiendo sobre el hecho de escribir. Ese que ha revitalizado a escala planetaria los conceptos clásicos de la intriga y la progresión en el relato. Ese que describe personajes de carne y hueso en situaciones inverosíles, y unos y otras se hacen creíbles para el lector. Ese que ha recogido lo mejor de la literatura norteamericana y la ha mezclado con su formación clásica, europea. Lee este libro ya.
  • James Gavin: Deep in a Dream. La larga noche de Chet Baker
    Si yo fuera Chet Baker y leyera mi propia biografía escrita por James Gavin (Reservoir Books) supongo que me removería en la tumba. Un lector normal, y, sobre todo, vivo, se quedaría de piedra ante las peripecias contadas en un libro que relata con todo lujo de detalles el implacable y larguísimo proceso de autodestrucción de uno de los mejores músicos de jazz de todos los tiempos. Desde su origen familiar a las misteriosas circunstancias de su muerte, pasando por el calvario (para él y para que los le rodeaban) de su adicción a las drogas, todo en el libro es extremo. Como extremo es el biografiado mismo: seductor hasta en los últimos momentos, amoral, solitario, egoista, genial músico. Una delicia de libro.
  • Bernard Marie Koltés: Roberto Zucco

    Bernard Marie Koltés: Roberto Zucco
    (El Público) Parece lógico que este sea el primero de los libros reseñados puesto que su personaje protagonista le da nombre y me lo presta a mí para titular este blog. R.Z. es una obra teatral escrita por el francés Bernard Marie Koltés, muerto hace años víctima del SIDA. Es finalmente la historia de un personaje extraño y complejo, capaz de asesinar a su propia madre y de hablar como un personaje de la Ilustración. Ese es precisamente el estilo del autor: capaz de describir un ambiente de cloaca con la más sutil de las poesías. Se trata de una suerte de tragedia rabiosamente contemporánea, llevada al teatro por Peter Stein, y en España por Lluis Pasqual, entre otros. (Hay una versión cinematográfica de Cédrik Kahn, realizada en 2001, perfectamente prescindible). Para mí es la mejor obra de Koltés, a pesar de que "La soledad de los campos de algodón" y "Muelle Oeste" también representaron importantes hitos en la escena de los últimos años del pasado siglo. Koltés está enterrado en una tumba del Cementerio de Montmartre, en París. Me la encontré por casualidad una mañana fría y húmeda. Sentí una gran emoción.

Discos

Libros de teatro

  • Janet Malcolm: LEYENDO A CHEJOV
    Janet Malcolm conoce hasta las esquinas más recónditas de la obra de Chejov. Y con ese bagaje realiza un viaje a Rusia en donde va reconociendo los paisajes y los ambientes que inspiraron al autor de "Las tres hermanas" a escribir sus relatos y sus obras teatrales. Por medio se nos cuenta también las peripecias y vicisitudes de un país hermoso y la manera de ser de sus habitantes. "Leyendo a Chejov" (Alba Editorial) es, pues, un libro de aventuras, pero, al mismo tiempo un riguroso y ameno recorrido por los escritos de uno de los principales hombres de teatro del siglo XX, y, por tanto, una excelente herramienta para conocerlo.

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